Ruanda - Gilles Peress

Gilles Peress regresó a Ruanda por primera vez desde que fotografió las consecuencias inmediatas al genocidio de 1994. Durante un tiempo visitó a personas inscritas para recibir tratamiento antirretroviral en la capital, Kigali, y también en áreas rurales. Ruanda ha logrado un rápido progreso para alcanzar una alta proporción de aquéllos que necesitan tratamiento contra el SIDA, pero así y todo continúa enfrentándose al grave desafío que presenta el número de niños huérfanos por la guerra o por el SIDA.
Olive Ukwizabigira de 20 años, es una de las huérfanas del genocidio, y quedó sola a los 6 años cuando su madre murió alcanzada por una bala. A los 13 años su patrón la violó. Olive cree que fue entonces cuando se infectó con VIH y quedó embarazada. A los 14 tuvo a su hijo Janvier. Después de iniciar el tratamiento, Olive conoció a su novio, Eduard. Temerosa de que él la dejara si se enteraba de que era seropositiva, Olive huyó. Después de tres semanas sin medicamentos, Olive recayó muy enferma. Regresó con Eduard, reinició el tratamiento, y Eduard, quien ahora es su marido, la cuida.
Marcelline Uwimbazi de 31 años, la menor de seis hijos, se casó a los 18 y tuvo dos hijos, pero dejó a su marido porque era mujeriego y alcohólico. Regresó a la remota granja de sus padres, donde la cuidó su hermano, Jean Marie. Sus padres temían perderla, como perdieron a tres de sus otras hijas, que murieron todas de SIDA. Ahora Marcelline siente que ha vuelto a ser “una joven fuerte”. Si no fuera por los medicamentos que debe tomar todos los días, dice que “olvidaría que tengo SIDA”. Marcelline decidió decirles a sus hijos sobre su infección de VIH y ellos han tomado bien la noticia.
En 1996, dos años después de la guerra, Goreti Murikitisoni de 42 años y su esposo Cyril, ambos nacidos en Uganda de refugiados ruandeses, regresaron a Ruanda. Cyril quedó parapléjico cuando los Interahamwe le dispararon en 1994, dejando a Goreti, madre de cuatro varones y embarazada con su hija Chantal, como sostén de la familia. Estando Goreti hospitalizada por tuberculosis en el 2001, se le diagnosticó con el VIH, sufrió una depresión y su salud empezó a deteriorarse. Durante una de sus estancias en el hospital, Chantal, que entonces tenía nueve años, fue violada. Chantal, de 13 años, es la mejor alumna de su clase y quisiera ser médico.
Eliyeri Rurangawa de 48 años y su esposa Juliette, se dieron a la fuga durante la guerra de 1994, y su hija mayor Clarisse nació en un campamento de refugiados. Eliyeri cree que el número de personas seropositivas aumentó después de la guerra porque la gente se sentía invencible, y el comportamiento sexual de muchos de ellos no tomaba en cuenta la existencia de enfermedades de transmisión sexual. Piensa que se infectó cuando le fue infiel a Juliette en los inicios de su relación. Actualmente bajo tratamiento y capaz de mantener a su familia de nuevo como taxista de motocicleta, Eliyeri hizo que tres de sus cuatro hijos se examinaran, y todas las pruebas fueron negativas.


