Invertir en salud

Por Marijke Wijnroks

Voces el día 19 mayo 2017

En una época de cambios acelerados, en la que los titulares de las noticias se suceden a un ritmo vertiginoso, es posible que una reunión histórica de este fin de semana pase inadvertida. Y no debería ser así. Los ministros de Salud de los países del G20 se reúnen por primera vez, lo cual es una clara indicación del papel de la salud en el programa mundial de desarrollo.

El G20 ha establecido tres pilares en dicho programa de desarrollo: crear resistencia, aumentar la sostenibilidad y asumir responsabilidad. Aunque estos aspectos generales sean aplicables a casi cualquier sector, son especialmente pertinentes para la salud pública y la seguridad sanitaria mundial. Cuando la cobertura universal de la salud fue incluida en los Objetivos de Desarrollo Sostenible acordados a nivel mundial, numerosos países se comprometieron a responsabilizarse de la salud de sus ciudadanos mediante la creación de sistemas para la salud resistentes y sostenibles.

Esto no obedece únicamente a la indignación moral por la sucesión de muertes innecesarias y evitables, aunque el hecho de que cada dos minutos muera un niño víctima de la malaria debería ser motivo de mayor indignación si cabe.

Tampoco obedece únicamente al miedo de que surjan nuevas amenazas como la resistencia a los antibióticos, el zika y el ébola, aunque con los nuevos casos de ébola confirmados la pasada semana en la República Democrática del Congo, una buena dosis de miedo no es algo negativo si genera una respuesta adecuada.

En su lugar, y con razón, el compromiso con la cobertura universal de la salud en los ODS viene motivado por las abrumadoras pruebas de que la inversión en sistemas de salud aporta dividendos económicos. La Comisión Lancet sobre Inversión en Salud de 2013 determinó que, en los países de ingresos bajos y medianos, las mejoras introducidas en el campo de la salud impulsaron el 24% del incremento del ingreso total entre 2000 y 2011.

Esta reunión ministerial inaugural señala que cada vez hay mayor conciencia de que las economías fuertes no son solo el producto de una política fiscal o comercial. Son muchas las vías para lograr crecimiento, e invertir para poner fin a las epidemias repercute positivamente en diferentes áreas. En el nivel más básico, el financiamiento de la salud apoya intervenciones que salvan vidas individuales; además, crea sistemas más sólidos que evitan múltiples crisis posibles en el ámbito de la salud. Unos sistemas para la salud sólidos ofrecen protección frente a brotes de virus a escala regional y mundial.

Fuimos testigos de este hecho durante el brote de ébola ocurrido en África Occidental durante 2014: los países con sistemas sólidos como Nigeria, Senegal y Malí contuvieron rápidamente la propagación del virus, mientras que los que carecían de estos sistemas, como Sierra Leona, Liberia y Guinea, se vieron abrumados.

Un oportuno estudio publicado esta semana de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de los Estados Unidos presenta conclusiones y recomendaciones inequívocas, afirmando que si bien “la asistencia extranjera suele considerarse como una forma de caridad, cuando se dirige al ámbito de la salud se interpreta como una inversión en la salud del país receptor, así como la de los Estados Unidos y el mundo en general”. Según los autores, la clave está en hacer hincapié en la inversión. El estudio establece un vínculo explícito entre la protección frente a amenazas de la salud mundial y promover la productividad y el crecimiento económico.

Sudáfrica, que es miembro del G20, es la segunda economía por importancia de África y está a la cabeza en el ámbito del financiamiento nacional para la salud. Esta inversión en salud apoya el programa de tratamiento antirretroviral más grande del mundo, que permite a más de tres millones de personas con VIH vivir sus vidas de forma plena y productiva. El país y el continente todavía hacen frente a numerosos desafíos por lo que se refiere a la lucha contra las enfermedades, si bien los recursos nacionales que África moviliza actualmente para la salud son mayores que la inversión extranjera en el sector. En esto se traduce la máxima de “crear resistencia, aumentar la sostenibilidad y asumir responsabilidad”.

En la práctica se dan por asumidos los beneficios diarios y que salvan vidas de los sistemas para la salud resistentes y sostenibles. Lo que genera titulares son los brotes de virus. El Fondo Mundial trabaja en asociación para reducir las probabilidades de que se produzcan dichas tragedias evitables mediante el establecimiento de cadenas de suministro más sólidas, la mejora de la vigilancia para ofrecer respuestas rápidas y el intercambio de datos entre los países.

Esta reunión histórica de ministros de Salud del G20 refrenda el hecho de que las enfermedades y las personas a las que amenazan forman parte de un contexto más amplio. Existen dentro de un sistema de salud que o bien sirve de trampolín al bienestar y la prosperidad económica o bien alimenta el ciclo de pobreza e inseguridad limitando las oportunidades para la educación y el empleo. El Fondo Mundial trabaja para fomentar la primera opción, mediante asociaciones publicoprivadas innovadoras que están definiendo el desarrollo social y económico en el siglo XXI.

La historia de la humanidad nos dice que somos vulnerables a la enfermedad. No hay nada en nuestra biología que podamos cambiar para alterar este hecho. Sin embargo, sí está en nuestro poder influir en el grado en que dicha vulnerabilidad puede causar pérdidas catastróficas de vidas y alarma social. Podemos inmunizar a los niños, prevenir la malaria y curar la tuberculosis. Podemos ofrecer a las personas herramientas para mantenerse libres del VIH. Podemos crear sistemas sólidos que proporcionen prevención y atención y, en caso necesario, responder rápidamente ante crisis que amenacen la seguridad sanitaria mundial. Podemos invertir en investigación y tecnología para anticiparnos a la resistencia a los medicamentos. Todos estos son rasgos distintivos de la atención sanitaria universal y esta es la base para el desarrollo sostenible.

Marijke Wijnroks ocupará el cargo de Directora Ejecutiva Interina del Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria el 1 de junio.