Megatendencias y maximizar la repercusión

Por Mark Dybul

Voces el día 31 mayo 2017

El 31 de mayo de 2017 Mark Dybul finalizó un mandato de cuatro años como Director Ejecutivo del Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. El siguiente artículo ha sido adaptado a partir de una serie de observaciones que formuló ante la Junta Directiva del Fondo Mundial.

Han transcurrido 15 años desde que los líderes de salud mundial aunaron fuerzas para crear la asociación del Fondo Mundial. Desde entonces, hemos realizado enormes progresos hacia la visión de un mundo libre de la carga de VIH, tuberculosis y malaria, y en invertir en la creación de sistemas para la salud resistentes y sostenibles. Los países a los que servimos han salvado más de 20 millones de vidas y han revitalizado comunidades y países en todo el mundo. Hemos conseguido lo que parecía imposible hace 15 años y ahora nos hallamos en el punto de inflexión de poder acabar con las epidemias de VIH, tuberculosis y malaria.

Pero una vez alcanzado el punto de inflexión, dos derroteros se abren en el horizonte: uno conduce al éxito, el otro al fracaso. Nos enfrentamos a nuevos y urgentes desafíos. Las últimas fases de una batalla suelen ser las más duras de librar. Cada palmo de terreno que conquistemos a partir de ahora será más difícil y costoso que el último paso dado. Si cejamos en nuestro empeño, las epidemias resurgirán adoptando formas agresivas y farmacorresistentes contra las que no tenemos ni la ciencia ni los recursos para oponer.

Con los jóvenes debemos establecer un punto de ruptura capaz de cambiar la dinámica. Tenemos dos opciones: o aprovechamos el dividendo demográfico que los jóvenes pueden ofrecer, o nos abocamos a un desastre demográfico. Es un hecho constatado en todo el ámbito de desarrollo pero es especialmente cierto en el caso del VIH. En los últimos años, los datos apuntan claramente al factor principal de la epidemia de VIH en África meridional: las adolescentes y las mujeres jóvenes. En realidad no llegamos a comprender la dinámica hasta que un grupo llamado Caprisa mostró, haciendo un seguimiento genético del virus, cómo se producen las infecciones. Se desarrollan en un ciclo de relaciones sexuales y ahora sabemos que en algunos lugares del África subsahariana, las adolescentes y las mujeres jóvenes entre 15 y 25 años de edad tienen 14 veces más probabilidades de contraer el VIH que los chicos y hombres jóvenes. Las adolescentes y mujeres jóvenes son vulnerables a ser infectadas por hombres entre 25 y 35 años.

¿Quiénes son estas personas, estos seres humanos? ¿Por qué son las más vulnerables, no solo al VIH sino en general? ¿Cuáles son las presiones sociales y económicas que influyen en su comportamiento y limitan las decisiones que toman? Los datos revelan que la atención que estamos dispensando a los jóvenes en situación de mayor riesgo deja mucho que desear. Ni siquiera estamos consiguiendo que se hagan las pruebas, y si ellos no tienen la iniciativa de someterse a las pruebas, no podremos proporcionarles los servicios adecuados y perpetuaremos el ciclo. Si no empezamos a hacer lo posible por llegar hasta estas personas, el círculo se tornará inquebrantable. Solo podremos romperlo si somos capaces de comprender quiénes son estas personas, y dedicar servicios de prevención y tratamiento a sus necesidades.

Debemos hallar maneras mejores y más rápidas de implicar a los jóvenes en torno al VIH. Las opciones que tenemos son difíciles pero inevitables. Si mantenemos la dinámica actual, con altas tasas de infección y el creciente aumento de la población joven en el África subsahariana, tendremos más infecciones por VIH en 2030 que en la década de 2000. Sin embargo, si invertimos decididamente y de manera innovadora en responder a los retos que se nos plantean, podemos poner fin a la epidemia del VIH de una vez para siempre. Si tomamos la decisión correcta, puede ser una gran oportunidad. Si no, el coste será descomunal.

Otra cuestión igualmente urgente es la movilidad de ideas y personas. Vivimos en una época de conectividad sin precedentes y debemos hacer más por aprovechar las herramientas de que disponemos para compartir ideas. En la comunidad del desarrollo, no estamos compartiendo ideas como deberíamos. A medida que vamos desarrollando mecanismos y herramientas, es necesario que creemos instrumentos de código abierto que puedan compartirse en línea. Las ideas se desplazan a gran velocidad. Si estamos al día de los últimos avances y compartimos esas ideas, podemos hacer más en favor del desarrollo. Nunca antes habíamos asistido a tanta movilidad de personas. En 2015, había 244 millones de personas que se desplazaban entre países, en comparación con los 71 millones registrados en 2000. Solo 20 millones de los 244 millones, menos del 10%, eran refugiados. Esta movilidad se debe sobre todo a causas económicas. Para afrontar los desafíos que plantean las personas que se desplazan, no debemos limitar las acciones a los refugiados.

La seguridad sanitaria mundial y el fin de las epidemias podrán conseguirse creando modelos que hagan llegar servicios de prevención y tratamiento a las personas sin tener en cuenta adonde vayan. Las islas Maldivas son un ejemplo instructivo. En este país han establecido programas de tratamiento contra la tuberculosis para trabajadores internacionales que representan el 44% de los profesionales y el 76% de los obreros manuales. Cuando estos trabajadores llegan al país aquejados de tuberculosis, reciben tratamiento integral lo que les permite curarse y poder incorporarse al trabajo. La alternativa, no dejar pasar a una persona con tuberculosis en la frontera, favorece el riesgo de que esa persona no reciba el tratamiento adecuado y se convierta en un posible propagador de la enfermedad. Tailandia proporciona su seguro de salud nacional a los trabajadores migrantes documentados y está intentando extender estos servicios a los trabajadores no documentados. Este es el futuro. La atención que damos a las personas que cruzan fronteras, desde una perspectiva de salud, es algo en lo que debemos implicarnos ayudando a los países a proveer tales servicios de atención sanitaria.

Si en algún lugar del mundo se produce un brote de una enfermedad infecciosa, todos estamos amenazados. Cuando las personas se desplazan, debemos proporcionarles buenos servicios de salud donde sea que decidan ir. La nueva amenaza de la resistencia a los antibióticos puede golpear al mundo desde muchos lugares. Luchar contra la resistencia de la malaria en la región del Mekong o la tuberculosis farmacorresistente en cualquier parte del mundo debe ser responsabilidad de todos nosotros. En el actual mundo interconectado, no podemos estar seguros si otros viven situaciones de inseguridad.

La salud mundial atraviesa una época sumamente apasionante pero cargada de grandes retos. Si seguimos haciendo las cosas como hasta ahora, conseguiremos logros pero nunca llegaremos adonde es necesario arribar. Para acabar realmente con las epidemias de VIH, tuberculosis y malaria, la asociación del Fondo Mundial debe actuar, innovar y evolucionar como lo ha hecho en los últimos 15 años. Podemos hacer frente a estas enfermedades y alcanzar nuestro objetivo. Los desafíos pueden parecer insuperables pero hemos conseguido lo que hace 15 años se creía imposible, y podemos volver a lograrlo.