Historia de dos trabajadoras sexuales

Voces el día 16 agosto 2017

Khadija Akinyi ama su trabajo. Durante ocho años su trabajo en Kisumu, Kenya, le ha proporcionado un techo, comida, ropa y la ha ayudado a criar a su hija. Su mejor amiga, Dorah, comparte la misma profesión, pero no la misma afinidad hacia ella.

La mayoría de las noches, el lugar de trabajo de Khadija es la zona de prostitución de Kisumu, conocida popularmente como Beer Belt (el cinturón de la cerveza) debido a la alta concentración de bares. Habitualmente Khadija escoge un lugar fuera de uno de los bares y espera a que lleguen los clientes. En una buena noche venderá sus favores sexuales a varios hombres y regresará a casa justo antes del amanecer con al menos 2.000 chelines kenianos, unos US$ 20. “Me encanta vender sexo, no me arrepiento”, explica Khadija.

Esta mujer de 23 años y madre de una niña ha conseguido permanecer seronegativa, un dato realmente notable en un país donde las trabajadoras sexuales registran la tasa de prevalencia del VIH más elevada de cualquier grupo. Una de cada tres compañeras de Khadija en este oficio es seropositiva, incluida su amiga Dorah.

Dorah tiene 35 años y tres hijos. Ha sido trabajadora sexual durante 20 años y ha llevado una vida muy dura en las calles de la ciudad. Esa experiencia quedó perfectamente ejemplificada hace algunas noches cuando un cliente la atacó y se marchó dándola por muerta.

La noche había comenzado bien. El cliente conducía un coche caro y vestía con elegancia. Le había prometido que la llevaría a un hotel cercano pero continuó conduciendo a través de la profunda oscuridad de la noche hasta que Dorah percibió el peligro y la ansiedad se apoderó de ella. Cuando llegaron a una zona poblada en la carretera y el hombre redujo la velocidad, Dorah bajó la ventanilla y comenzó a gritar pidiendo ayuda. El hombre aceleró, le quitó el seguro a la puerta del acompañante y lanzó a Dorah fuera del vehículo en marcha.

Las personas que habían presenciado el incidente corrieron en su ayuda y la llevaron al hospital, donde fue ingresada en estado crítico. A Dorah le llevó más de cinco meses recuperarse de sus lesiones y la cicatriz que marca un lado de su rostro es un recordatorio permanente de esa noche de terror.

Cuando vuelve a contar esa historia, Dorah dice que lamenta haber acabado como una trabajadora sexual. No tenía muchas opciones, explicó, siendo una huérfana que había tenido que dejar la escuela en tercer grado. Con ese nivel de educación no tenía muchas otras alternativas para asegurarse el sustento y más tarde el de sus hijos. De modo que decidió dedicarse al comercio sexual y continuó haciéndolo incluso después de haber sido infectada con el VIH. Incluso después de haber sufrido ese peligroso ataque en la carretera. “He tenido una vida miserable”, dijo Dorah hace algunas noches en el Beer Belt.

Un hecho esperanzador en las difíciles circunstancias que vive Dorah es el sólido apoyo que recibe de un grupo de trabajadores de la salud que presta numerosos servicios, incluido el apoyo moral. La mayoría de ellos trabaja para la Cruz Roja de Kenya y LVCT Health, organizaciones no gubernamentales que asisten a las personas más afectadas por el VIH con el apoyo del Fondo Mundial.

Irene Moraa, oficial de programas en LVCT Health explica: “Venimos aquí porque estas son las personas que más necesitan nuestros servicios. Sabemos que si no realizamos nuestra labor con las trabajadoras sexuales y otros grupos marginados y vulnerables no podremos ganar la lucha contra el VIH”.

Los grupos apoyan a las trabajadoras sexuales en sus diferentes necesidades permitiendo que se mantengan saludables. Las organizaciones prestan servicios cuyo objetivo es que Khadija y otras trabajadoras sexuales no infectadas con el VIH se mantengan libres del virus. También trabajan para que Dorah y otras trabajadoras sexuales que viven con el VIH no abandonen el tratamiento. Eso es muy importante para la salud de las mujeres y reduce el riesgo de infección para sus clientes.

Trabajadoras de la salud como Irene visitan a los clientes del Beer Belt en un dispensario móvil instalado en un camión. Allí facilitan a las trabajadoras sexuales servicios integrados de salud reproductiva que incluyen desde planificación familiar y prevención del VIH hasta detección de cáncer cervical. Debido a sus largas e imprevisibles horas en el trabajo, a menudo Khadija y Dorah quedan excluidas de los sistemas de salud tradicionales. Pero hace pocas noches, cuando el camión estaba aparcado justo fuera del bar donde ellas estaban, las dos decidieron subir al dispensario móvil para mantener una larga consulta con los médicos. “Ellos nos cuidan y no nos discriminan”, comentó Dorah cuando bajaron del camión, cada una de ellas con un paquete de productos médicos.

Dorah dice que le gustaría dejar el comercio sexual y hacer otra cosa, si solo pudiera ahorrar el dinero suficiente para comenzar un pequeño negocio. Khadija sostiene que ella es feliz con su vida y no tiene intención de cambiarla. “Las personas que quieren ayudarnos lo que deberían hacer es facilitarnos seguridad y más preservativos, lubricantes y kits de prueba del VIH”, afirma.

En cualquier caso, las dos mujeres pasarán sus noches en el Beer Belt en un futuro inmediato y los trabajadores de la salud, apoyados en parte por el Fondo Mundial, ayudarán a reducir el riesgo y la repercusión del VIH.